El candil del teniente Mason.

 Episodio 2 / Noche vacía

PORTADA-MASON-redes 2

 

Un relato de Fernando Marías ilustrado por Javier Olivares

para Ediciones Diodati se mueve

 

 

   ¿Quién yacía en el corazón de la negra nada? 

   Mason se sintió absorbido por la pregunta. Esta maldición acecha siempre al devenir humano: todo conocimiento despliega nuevos interrogantes, cada cima coronada abre ante la mirada valles nuevos de horizonte inalcanzable. Por eso tantos prefieren no saber. Mason habría elegido ignorar el cuerpo que parecía dormir, pero resultaba imposible entre los mínimos confines de la choza. 

   Pudieron ser tres los días con sus noches o tres las horas con sus minutos y segundos el tiempo desordenado que permaneció sin moverse, empeñado en descifrar cualquier sonido que llegara desde el cuerpo durmiente. Pero se diría que no respiraba. Y tampoco se movía, nada, ni el menor cambio de postura. Quietud total, aliento de estatua. Está muerto, se dijo Mason. Sin embargo,  cada vez que buscaba refugio en ese paupérrimo consuelo creía oír de pronto el eco remoto de un susurro o el rumor de algo parecido a un movimiento. En ocasiones se permitió creer que había imaginado la muda presencia, pero antes o después el protocolo de su comida, con el consiguiente zarpazo de luz que le devolvía por un segundo la visibilidad, desvanecía la ilusión.

   Llegado el quinto día o tal vez el tercero decidió pasar a la acción. Con lentitud inverosímil, inspirada por la quietud del otro, se fue acercando al centro de la choza. Dos veces le pareció que el cuerpo respingaba y las dos le asaltó un terror que tardó en controlar. 

   Cuando llegó junto al cuerpo el Tiempo había dejado de existir. Todo era un abismo negro y mudo sin paredes ni final que giraba a su alrededor con velocidad que, sin embargo, le resultaba soportable. Claro, razonó con lógica temblorosa, si la velocidad fuese insoportable yo moriría y sería feliz y ese viejo brujo me quiere desdichado, hundido, y por eso, solo por eso, la velocidad negra a mi alrededor es soportable. 

   Extendió la mano. La aproximó al cuerpo quieto. Cerró los ojos, qué absurdo recurso para alguien atrapado en una oscuridad inabarcable que gira sin prisa: ¿es eso, cerrar los ojos, todo lo que puede el ser humano oponer a su destino? Los dedos se posaron sobre la carne.

   Pelo.

   Pelo, se repitió Mason en silencio. Entonces, es su cabeza lo que he tocado, pensó. He tocado su cabeza y no se ha movido. 

   Le desbordó la urgencia de saber más. Deslizó las yemas de los dedos hacia el punto donde debía de iniciarse el cuello. También ahí halló pelo. Corto, áspero, sucio. Bajó un milímetro más y luego otro en busca del primer atisbo de piel. Más abajo, aún más abajo. Pelo. Más pelo. Pelo sin tregua. Los temerosos dedos avanzaron hacia el ángulo del hombro. Descubrió que era muy ancho, de envergadura colosal. Luego osó descender por la musculatura poderosa de un antebrazo anómalamente largo. No cabía duda: el cuerpo pertenecía a un titán peludo. Pero ¿era humano?

   Un intenso olor a vinagre agrio se adueñó del aire de la choza. Pero no afloró de repente, por arte de ponzoñosa brujería: Mason reconoció ese olor y se dijo que había estado ahí desde el principio, solo que él ignoraba de dónde provenía.  Vinagre agrio: el olor del gigante inmóvil. 

   Mason, contra toda lógica, se sumió de repente en un incomprensible sueño profundo y de alguna forma reparador. Su agotamiento pudo deberse al miedo cuando rebasa su propio límite o también a la certeza de que el peludo y él eran compañeros de celda hermanados por la incertidumbre. Mason soñó con árboles asustados que en los incendios del corazón del bosque saltan sobre sus raíces y corren a abrazarse en bisca de protección. Entre delirio y delirio vio al viejo acerado y hostil afanado en colgar de techos inexistentes telarañas de sangre y plata como guirnaldas de una navidad pervertida. 

   Cuando despertó, convencido de haber muerto durante el sueño, le llevó largos minutos comprender que seguía vivo y resignarse a ello. Aceptó, sin necesidad de palpar más, que el cuerpo inerte estaba por completo cubierto de ese pelo corto y áspero y sucio y decidió explorar el rostro. Palpó un cabezón desmesurado y, a la vez, una frente demasiado estrecha para esa cabeza; estrecha que, sorpresivamente, estaba limpia de pelo. Los dedos continuaron descendiendo hacia una nariz con fosas nasales profundas y cavernosas desde las cuales, sin embargo, no brotaba rastro de aliento. Está muerto, pensó Mason otra vez, y en el mismo acto de pensarlo le estremeció la idea de que el gigante peludo, cuyos protocolos de sueño serían distintos a los humanos, despertaba con gruñido furibundo y lo destrozaba con las enormes zarpas que cabía imaginar al extremo de tan poderosos brazos. Pero no despertó ni se movió ni hubo nada que permitiera presentir que había respingado o respirado o ni siquiera expirado, así que Mason se atrevió a volver a pensarlo: sí, está muerto. 

   Los dedos, más audaces tras esta convicción, bajaron un poco más. La boca aguardaba al pie de las fosas nasales, ancha como la longitud de la mano de Mason y abierta en rictus crispado que reafirmó la revelación: la muerte habitaba el cuerpo peludo. Pero ¿no era el olor a vinagre agrio un signo de vida? La dentadura, aunque inerte, poseía colmillos del tamaño de los meñiques de Mason. 

   Con la misma lentitud con la que se había esmerado en acercarse al cuerpo regresó Mason a su esquina de la choza, exhausto como si una parte de la muerte del otro se le hubiera adherido a la piel. Permaneció boca arriba, con la vista clavada en la oscuridad durante una nueva extensión incalculable de tiempo quieto. Varias veces se abrió la trampilla del rancho con su fogonazo de luz pero no comió ni bebió, tan solo se abandonó a la cadencia de su final presentido, que sintió venir sin prisa ni rencor, y le asombró que sus labios, de repente, pronunciaran cuatro palabras sin que su voluntad les hubiera ordenado hacerlo:

   Es un gorila. Un gorila muerto.

   Un gorila muerto, se repitió en silencio. Y en la tétrica desazón de esa evidencia halló Mason fuerzas para seguir muriendo.

   ¿Cuál podía ser el objetivo de encerrar a un gorila muerto con un hombre vivo? 

   En la oscuridad, a Mason le pareció que brillaban, fijos sobre él, los ojos del viejo acerado y hostil.

 

(CONTINUARÁ…) 

Capítulo 2. Noche vacía.
Portada de Javier Olivares para el relato de Fernando Marías.

 

 

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