El candil del teniente Mason. Episodio 3. El corazón sitiado.

Episodio 3 / El corazón sitiado

Ilustración de Javier Olivares

Los relatos orales son vagabundos y libres, cambiantes. Por ello tuvo la odisea del teniente Mason muchos desenlaces, tantos como marinos lo narraron. Todos, claro está, inciertos. ¿Qué sería de la narración sin incertidumbre? ¿Hacia dónde nos conduciría una literatura que solo contuviera certezas incontestables?
Sin embargo, la mayoría de esos finales coincidían en señalar que Mason fue rescatado abrupta e inesperadamente, como tantas veces resuelve los conflictos la realidad que nos envuelve, y que tal rescate no fue la culminación de la historia sino, en realidad, su verdadero comienzo.
Un contingente militar arrasó el poblado y exterminó a todos sus habitantes y, de paso, lo rescató a él. No venían en su busca, incluso siendo precisos convendría señalar que ignoraban que se encontrase allí. Lo hallaron, espectral, famélico y balbuciente, cuando un soldado derribó la puerta de la choza atraído por el singular olor a vinagre agrio. Y así, con la salvación de Mason, comenzó su verdadero calvario.
Justo en el instante de la liberación de Mason, a unos pocos metros, el viejo acerado y hostil era martirizado por los soldados, que lo colgaron de los pies con la cabeza a pocos centímetros de una medida fogata que no quemaba la carne pero sí la cocía con atroz lentitud.
Mason vio la escena y sintió el impulso de aproximarse. Envuelto en una frazada y apoyado por causa de su debilidad en otro oficial, llegó hasta el viejo ante el viejo y se agachó junto a él. Los dejaron a solas, aunque alguno de los presentes observaría la rara sumisión del teniente arrodillado ante ese brujo que parecía indiferente a la tortura. De su frente se descolgaban hacia las llamas goterones grasientos que crepitaban brevemente antes de disolverse en las ascuas rojas. El viejo se estaba asando vivo. Y sin embargo sonreía.
Habló a Mason con voz serena, como si el fuego estuviera abrasando a otro:
Tu destino, silabeó, era permanecer en la oscuridad junto al gran simio muerto. Un hombre encerrado con el cadáver de un simio experimenta poco a poco el éxtasis del delirio. Enloquece a medida que se pudre la carne muerta. Tus salvadores, estos patéticos uniformados, han roto el destino que yo había sido escrito para ti. Deberás pagar por ello. Has de saber que pagarás por ello.
Mason se alzó, deconcertado. Dio un paso atrás y luego otro. El viejo lo seguía mirando con esos ojos inexplicablemente invictos ante el fuego y, para no seguir viéndolos, le dio la espalda y seguió alejándose.
Entonces aconteció el núcleo exacto del terror que ya lo acompañaría durante el resto de su vida.
Mason, gritó el viejo.
¿Cómo podía saber su nombre? Mason contuvo la respiración. Pensó en arrebatar el arma al soldado más cercano y disparar contra el viejo antes de que pronunciara una palabra más. Pero no lo hizo y el viejo pudo entonces hablar:
Yo, Mason, soy ese dios que tanto se aburría el día que naciste. Como ya te permití entrever cuando venías preso por la jungla, hice estallar esta guerra única y exclusivamente para que terminaras yaciendo en la oscuridad con el gorila muerto.
Mason se giró hacia el viejo, rogando que la voz que acababa de oír hubiese sido producto de su imaginación. El viejo no puede haber hablado, se dijo. Es ya un cadáver con la cabeza abrasada, seguro que no ha dicho lo que acabo de oír.
Pero el viejo seguía mirándolo. Y sonreía. Las llamas habían prendido en sus ropas y ascendían abrasando la carne camino de los pies pero, a pesar de ello, sonreía. Y sus ojos seguían fijos sobre Mason.
Esta mirada entre los dos personajes es, en rigor, el clímax de nuestro relato, idóneo para que a partir de aquí cada lector desarrolle su propio desenlace. Sin embargo, los hombres de mar que consumen sus noches de calma chicha alrededor de una conversación no aceptan que las historias carezcan de final concreto y esa es la razón de que la aventura del teniente Mason tenga tantos epílogos como marinos la narraron.
Por ejemplo este, casi con seguridad inspirado por una vieja película protagonizada por Errol Flynn, en que Mason moría meses después al encabezar sable en mano la heroica carga de la ladera del monte Wyn Shya, desde cuya cima invisibles fusileros de andrajoso ropaje y puntería infalible diezmaron a los numerosos asaltantes antes de verse desbordados por ellos. En otro epílogo, sin duda de mayor fibra dramática, Mason llegaba a la cumbre del Wyn Shya y, tras ensartar al último de los sitiados, se giraba hacia sus hombres para proclamar la victoria con los brazos alzados, sosteniendo en uno el sable ensangrentado y la mancillada enseña enemiga en el otro, y descubría entonces que también todos los suyos yacían muertos, diseminados por la ladera como fruta podrida de un árbol moribundo: cadáveres a un lado y al otro de la línea de batalla y en medio él, Mason, único superviviente, alzando su aullido de rabia, pena y miedo hacia el cielo indiferente y azul. En las antípodas de esta épica dudosa, otro narrador situaba a Mason como habitante único de la noble mansión familiar, donde alcoholizado y febril mantenía durante la larga noche de su vigilia perpetua duelos a espada con los gigantescos óleos que representaban a sus antepasados, héroes que a la luz del candil recibían las estocadas de Mason en sus corazones de lienzo sin inmutarse ni dejar de reprocharle su condición de último e infame eslabón de la saga familiar. Mason, en otros finales, disparaba contra los pájaros peludos y lúcidos que, según él, surcaban las alturas. O incendiaba bosques para evitar que pudiera seguir creciendo el pelo, oh, ese pelo seco y voraz, sobre los troncos de todos los árboles del mundo. Para otros narradores, los más crípticos y melancólicos, Mason llegó a redactar un diario cuyas últimas palabras, escritas con tinta temblorosa, serían: «¡Nadie lo ve! ¡Oh, Dios! ¿Es que nadie más lo ve?»
Mi padre, hombre taciturno, comprensivo y metafísico, optó por un desenlace sin desenlace que, sin embargo, ilustraba bien el horizonte apesadumbrado de muchos humanos: Mason, entregado a su destino y demasiado aplastado por él para intentar reconducirlo, encendería el crucial candil todas y cada cada una de las noches de su existencia opaca y, con esa cadencia, sin dejar de acariciar la bala que pendía de su cuello, iría consumiendo su vida camino de la vejez, a la que arribó por fin un día ni más oscuro ni menos oscuro que los demás. Ahí Mason alzó la vista, atónito y resignado, y ya no hubo más noticia de él.
Yo, narrador antes que filósofo, prefiero concederle un final de tenue redención, si es que podemos llamar redentor al impulso desesperado que lanza al cobarde contra los fusiles que apuntan hacia él. Mason, cualquier noche de jungla o desierto, vacía el tambor de su revólver cuando sus hombres ya duermen e introduce en él la bala que durante tanto tiempo ha portado al cuello. Luego, con parsimonia que acaso busca darse tiempo para revisar lo vivido o decirle adiós para siempre, se despoja del uniforme que tanto cree haber deshonrado. Enciende el candil, lo sujeta en la zurda mientras aferra el revólver con la diestra y se adentra en la oscuridad, camino del corazón del universo, que para su mente gangrenada es la choza donde por el resto del Tiempo seguirá yaciendo aquel que parece dormir pero no respira.
Y ahí va Mason, desnudo y por primera vez resuelto, dueño de su paso firme, casi valiente, en busca de ese lugar preciso del interior de la noche vacía donde lejos, ojalá, de esa sonrisa invicta que ni una sola noche ha dejado de ver asándose sobre el lento e indiferente fuego, le aguarda, por fin, su anhelado último aliento.

Contraportada de Javier Olivares

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