El candil del teniente Mason

El Candil del teniente Mason
El Candil del teniente Mason

 

Episodio 1 / La última bala

Un relato de Fernando Marías ilustrado por Javier Olivares

para Ediciones Diodati 

 

   Allá por los años sesenta del siglo pasado mi padre escuchó narrar a otro marino que navegaba junto a él rumbo a la isla de Java el inquietante relato del candil del teniente Mason. Aquel marino lo había escuchado de otro marino que a su vez lo había escuchado de otro. Algunos preferían titularlo El teniente Mason y la última bala. Fue narrado, pues, en muchos puertos a lo largo, también, de muchos años. 

   Un relato oral es vagabundo y libre, cambiante. Salta de boca en boca sin inmutarse cuando los sucesivos narradores, por frivolidad o afanes de supuesto rigor, le agregan tempestades o junglas, zafiros hurtados a estremecidas condesas eslavas, amores de encarnadura mala, naufragios frente a costas que podrían habitar caníbales o melancolía, simple melancolía devastadora. No importa, mientras se mantenga recta la columna vertebral de lo narrado: el teniente Mason. La última bala. El candil. El candil del teniente Mason.  

   Aquí cabría reflexionar sobre el orden correcto de los hechos que conforman un relato. ¿Cómo debe narrarse una historia? A veces, para excitar la curiosidad, conviene adelantar parcialmente el desenlace. Por ejemplo, mi padre, al contar esta, optó por intrigarme y reveló que Mason, en las posteriores campañas militares que jalonaron su larga carrera, siempre portaba consigo un candil que encendía en toda circunstancia y lugar, apenas se anunciaban las sombras de la noche. Tanto daba que se hallase en el seguro dormitorio del cuartel o en el terreno abierto donde hubiese acampado la patrulla que comandaba: el candil encendido montaba guardia junto a él, igual que la luz del dormitorio tranquiliza al niño temeroso que concilia el sueño. También, y aunque nadie había podido comprobarlo, se decía que del cuello de Mason pendía colgada de un cordel, como otros llevan la cruz de su fe o un mechón del cabello de la mujer amada, una bala. ¿De dónde podía provenir, me preguntaba yo, la obcecación por el candil encendido? ¿Cuál era el objeto de esa última bala? Esas preguntas generaba la opción narrativa de mi padre. Pero, al contrario que él, yo he resuelto hoy posponer el desenlace y optar por el orden cronológico, que sería este:

   Mason, cachorro de alguna saga secular y patriota de héroes guerreros, partió con el pecho henchido de ilusión y júbilo hacia una guerra contra misteriosas tribus del otro lado de algún mar. Carece de importancia cuáles fueran el mar, la tribu o la guerra, así como el año o el siglo de los sucesos. Todo esto acaba siempre por carecer de importancia. Se encarga de ello el Tiempo, que sin embargo jamás devuelve a los muertos. 

   Mason cayó prisionero en su bautismo de fuego. Su pomposa casaca de teniente, empapada de sangre ajena y de aterrado sudor propio, le salvó inesperadamente la vida. Al arrancarle la ropa, sus captores reconocieron los galones y decidieron que podía pedirse rescate por él. En vez de alinearlo junto a los demás prisioneros que esperaban, desnudos, el rito de la tortura y el degüello, lo llevaron maniatado hacia el corazón de la jungla. En el inacabable trayecto de fiebre y sed, obligado a mantener el ritmo inmisericorde del paso por una punta de lanza o alfanje que cada poco le hería la espalda, se obsesionó con la idea de que esa guerra, iniciada por inquietante azar el mismo día del mismo año en que él había venido al mundo, no fue declarada por los afanes imperialistas de su nación, sino por el capricho de un dios cruel al cual divirtió, mediante indolente chasquido de sus dedos, crear un conflicto colonial con el único objeto de que cinco lustros después se hallara el bebé feliz de ayer arrastrando hoy los desollados pies hacia un destino incierto. Las religiones, tan diversas e inventivas, coinciden en no imaginar a Dios extenuado de aburrimiento en su encierro de eternidad.

   Del poblado al que llegó Mason recordaría después las chanzas o insultos de las mujeres y niños que formaron pasillo a su paso y también o sobre todo la mirada acerada y hostil de un hombre viejo que permanecía apartado del bullicio y exhibía signos externos de poder: un jefe militar, un jefe religioso, un torturador… Mason fue arrojado al interior de una choza. Antes, cortaron las correas que le inmovilizaban las manos.  

   En las situaciones extremas la carne se expresa antes que la lucidez y Mason, por unos instantes, reposó aliviado sobre el suelo de arcilla antes de que la incertidumbre lo invadiera de nuevo. La choza, sin el más mínimo hueco al exterior, configuraba una oscuridad sin fisuras, tan inverosímilmente perfecta que podía tratarse, pensó Mason, del umbral de la Nada. Le aterró, aún más que morir, la idea de no ver de no ver de nuevo la luz, pero ese pavor se interrumpía dos veces muy breves y muy puntuales al día, cuando, precedido de un pequeño chasquido, se abría un hueco diminuto a ras de suelo y una mano introducía en la choza un bollo de algo parecido a pan y un cuenco con agua que bebía ávido, aunque temeroso de las enfermedades que pudiera portar. Gracias a esas dentelladas de luz, que quiso suponer exactas, elaboró mentalmente algo parecido a un boceto de las horas del mundo desde el cual expandió un calendario incierto: dos días de encierro, cuatro, seis. En el día séptimo o en el día cuarto le desmoronó la idea de que tal vez no había rigor alguno en el reparto del rancho. Nada garantizaba que el protocolo incluyese dos servicios y no uno o tres. ¿Y si el viejo acerado y hostil había dispuesto un meticuloso horario irregular para, precisamente, desbaratar su intento de ordenar las horas y los días? El Tiempo se pulverizó en la hermética oscuridad. Fue entonces cuando, al producirse el siguiente lapso de luz, Mason reparó en el cuerpo que yacía acostado sobre el suelo del centro de la choza. 

  No estaba solo en su encierro.

 

(Continuará…)

Javier Olivares ilustra este cuento de Fernando Marías
Javier Olivares ilustra este cuento de Fernando Marías

 

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