La mosca

Un relato de Fernando Marías ilustrado por Javier Olivares

Diodati se mueve Ediciones

Portada ilustrada por Javier Olivares
La mosca. Javier Olivares

 

   Sueño con un escritor viejo que languidece en la primavera de 2222. 

   Se han registrado durante el mes de abril cuarenta y nueve grados a la sombra. Solo los ancianos ricos sobreviven en sus lujosos bunkers. El aire acondicionado es más caro que la cocaína. Afuera, en la calles, el fuego de esos cuarenta y nueve grados es un campo de exterminio donde bastan las averías de los ventiladores centralizados, que muchos achacan a sabotajes del propio entramado sanitario estatal, para que el amanecer traiga nuevos ancianos muertos que dejan así de consumir recursos. 

   Dominan el planeta profilácticas dictaduras digitalizadas, en realidad una única dictadura a cuyos ministros nadie ha visto en persona. Nunca, ni una sola vez. Podría pensarse que no existen si no fuera por sus estáticas comparecencias en las emisiones televisivas, de visión obligatoria para todos los ciudadanos. Una vez al mes se formulan desde la misma pantalla sencillos cuestionarios sobre los noticiarios emitidos que los usuarios responden en familia. Se premian los aciertos con puntos virtuales cuya utilidad nunca se ha especificado, mientras que los fallos son castigados con desconexiones temporales de la señal del televisor. Las pantallas archivan cuanto acontece en la casa: una merienda familiar, la instalación de un nuevo electrodoméstico, los encuentros sexuales, incluso los onanistas. La existencia de ruidos cotidianos y domésticos es bien valorada por los televisores que vigilan, por lo que la sabiduría popular recomienda hacer ruidos cotidianos y domésticos todo el tiempo. Por el contrario, el silencio se considera sospechoso. 

   Sobre la ciudad del escritor viejo, como sobre todas las ciudades, se despliega un constante olor a rosas que alerta a los escasos disidentes. Saben que el olor a rosas es un espía invisible. El viejo de mi sueño no es pobre, aunque tampoco rico, ni mucho menos disidente, pero ha osado escribir un poema satírico sobre el olor a rosas y va a ser castigado por ello. Trasladado al hospital, comparece ante el juez, cruel y recién afeitado, y ante el cirujano verdugo, cabizbajo y abrumado por la resignación o la culpa. Unos pocos médicos se sienten incapaces de olvidar por completo el compromiso hipocrático, tal y como exige hacer el renovado código deontológico redactado por las dictaduras, y malviven, atormentados y sombríos, en abierta contradicción con su nuevo oficio de torturadores de bata blanca. El juez, sin necesidad de leer completo el poema satírico, ha encontrado culpable al escritor solo por el título del poema, La rosa, y la pena va a cumplirse en el quirófano. Le entregan con perversa solemnidad el protocolo con la lista de males, entre los cuales deberá elegir el que, como castigo, será aplicado a su cuerpo y lo dejan solo para que medite la elección. 

   Junto a la ventana digital que emite en directo imágenes del otro lado de los muros del hospital, el viejo estudia la lista de opciones atroces, redactada en términos coloquiales y no facultativos: amputación de una pierna a la altura del muslo, amputación de la mano derecha, provocación de desprendimiento de retina en el ojo derecho, ceguera parcial en ambos ojos, implantación de tumor cerebral benigno, bloqueo inducido del pulmón derecho… 

   En la ventana digital revolotea una mosca. El viejo piensa que la mosca debe de estar realmente ahí, al otro lado, aleteando frente a la cámara. Compara su dilatada vida, su extensa obra y el infernal dilema de dolor en el cual se halla atrapado con el vuelo de la mosca, ajena a todo y libre, de vida brevísima durante la cual no sabe que está viva ni es consciente de que vuela, lo que la convierte en eterna e inmortal. El hombre envidia a la mosca. Tal vez, se dice en ocurrencia absurda, es el primer hombre de la historia de la humanidad que envidia con plena convicción a una mosca. Se cambiaría por ella, decide.

   Me cambiaría por ti, le dice. 

   Hazlo, responde la mosca; cámbiate por mí. 

   De repente, y sin necesidad de explicación porque nos hallamos en un sueño, el escritor viejo se encuentra dentro de la mosca, es la mosca, volando libre ante una cámara que graba imágenes con las que nutrir la pantalla de la ventana. El viejo se aleja volando. Piensa, con irrefrenable alegría, que habría optado por el bloqueo del pulmón derecho o tal vez por el tumor cerebral benigno, cualquier cosa antes que la ceguera. ¿Qué importa eso, ahora que sus alas son invictas? La alianza de todos los ejércitos del mundo no sabría cómo capturar a una mosca, mucho menos a esta mosca que piensa. Pero aún así, y tal vez precisamente porque es capaz de pensar, en el acto se pregunta si no será mejor ser un hombre viejo con el pulmón derecho inutilizado que esta mosca inteligente y rebosante de salud. 

   Al volar sobre los tejados del hospital ve en una de las torres de vigilancia al juez, que dibuja una sonrisa irónica en su rostro recién afeitado y le mira fijamente: a él, a la mosca; a él, que habita ya sin retorno y por propia voluntad dentro de la mosca. El juez le mira, no cabe duda de eso. Le mira y agita la mano derecha en una obscena caricatura de saludo cariñoso. ¿El verdadero castigo, previsto desde el principio, era esta transformación? El escritor viejo que ahora es mosca vuela y vuela y vuela, alejándose del hospital. 

   Calma, se dice, esto acabará pronto, las moscas viven muy poco, un día, dos, tres, cree recordar. Esta noche moriré, se dice. Pero pasan los días y las semanas y los meses y no muere. Únicamente vuela y vuela y vuela entre aromas de rosa, vuela insensatamente recordando con angustia creciente destellos de su pasado humano, vuela y vuela y vuela alrededor de la misma inquietud, que poco a poco configura una pregunta obsesiva:   

   ¿Dónde halla asilo una mosca inmortal y lúcida?   

Puedes escuchar el relato por su autor aquí:

 

 

Una versión del logo original de Diodati se mueve por Javier Olivares
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