Naranja de dos soles

Un relato de Fernando Marías ilustrado por Javier Olivares

Portada de Javier Olivares
Portada de Javier Olivares

Acogí a la muchacha por lástima o por algún último resquicio solidario. 

   Sigo siendo médico, aunque sea un médico oculto, perseguido en este mundo desmoronado ante las guerras intermitentes. En realidad, una misma guerra que ya nunca acabará. La muerte ha tomado nuestras hermosas ciudades, donde nos sentíamos tan a salvo.

   Con lo poco que tenía a mano curé como pude el corte superficial que traía en el brazo. Ambos miramos ensimismados el proceso. Ella porque sintió el alivio de la cura. Yo porque durante un momento volví a ser quien en el pasado quise ser y había sido.

   Todo cuanto la muchacha poseía era el diario de su madre, de la que se había visto separada durante un bombardeo semanas atrás. No sabía leer, pero pasaba largas horas contemplando las páginas  escritas con tinta negra.

   Algún día, explicó con ingenuidad incontestable, entraré en el libro. Mi madre me espera ahí, entre las páginas. 

   Por supuesto, no contradije su absurdo anhelo. Le pedí permiso para examinar el libro y descubrí que no era un diario,  sino una colección de viejas recetas de cocina escritas a mano. Deduje que lo había escrito su madre, por eso ella lo llamaba diario. Percibí algo mágico al sostenerlo en las manos. Llevaba muchos meses sin tocar un libro, fueron los primeros objetos en desaparecer. En tiempos de horror, la receta del pollo asado escrita a mano evocaba la perdida felicidad sencilla, los colores de un domingo en el jardín primaveral mientras la comida se cocinaba al calor del horno. El libro, en esas circunstancias, me pareció la novela más hermosa del mundo. Las lentejas con verduras, el revuelto de espinacas y gambas o el bizcocho de violetas eran, gracias al amor contenido en esas letras bien contorneadas, aventuras prodigiosas nunca igualadas por otros escritores. Lentejas, espinacas y violetas, ingredientes asequibles solo para los ricos que los demás habíamos borrado de la memoria. Lentejas, espinacas y violetas… ¿Qué es todo eso?

   La muchacha desapareció una mañana. Solo su cama deshecha, todavía caliente, en la habitación junto al patio, certificaba que su breve paso por mi vida no había sido un espejismo. Con gran sorpresa, observé que el libro se hallaba a los pies de la cama. ¿Cómo podía haberlo abandonado, si era su posesión más preciada? Tal vez, me permití soñar, ha logrado entrar en las páginas y busca ahora a su madre. 

   Desde ese momento fui incapaz de separarme del libro. 

   Comenzó al poco la quinta guerra, así la bautizaron para fingir que había treguas, negociaciones o esperanza. Esta vez se libró dentro de la ciudad y la perdimos pronto, como habíamos perdido la primera y la tercera. ¿Por qué, infaliblemente, perdíamos las guerras impares y ganábamos las pares? Igual podríamos haberlas perdido o ganado todas, en nuestras vidas cotidianas no apreciábamos la diferencia entre victoria o derrota. 

   Me refugiaba del presente en las recetas del libro, sus historias prodigiosas de compotas en ebullición y mejillones al vapor cargados de aromas, el mar que nos había sido arrebatado. Me conmovía por la grandeza, más allá de toda arquitectura, de una naranja partida en dos para mostrar la pulpa plena de la vida que ya no tendríamos. 

   Cuando me deportaron, el libro fue lo único que llevé conmigo. El acto instintivo de ocultarlo bajo la camisa me reveló que lo sabía mi posesión más preciada. 

   Ante las bocas de los fusiles pedí, en vez de vendas en los ojos o plegarias de sacerdotes, que se me permitiera aferrarlo. Vi al oficial del pelotón contener el desmoronamiento ante la presencia física del libro. Tal vez, antes de que empezara todo, también había tenido libros y los había amado. Asintió, me dio permiso para morir con el libro en la mano. Oí los disparos. Sentí, en la décima de segundo previa a la muerte, que la naranja partida en dos me acompañaba en el viaje. Su jugo de vida, brillante junto a mi cadáver, era un adiós, un salvoconducto y una fe. 

   Cuando abrí los ojos me hallé sobre un enorme lecho blanco. Lo palpé con las yemas de los dedos. Parecía papel. Sí: era papel. Me rodeaban estáticos volúmenes negros con formas diversas. ¿Eran letras? Letras del tamaño de hormigas enormes, letras como arbustos que componían palabras. Se entrelazaban en frases que construían párrafos. Me puse en pie. Podía moverme y respirar. Estaba vivo, entero. Muerto pero vivo y entero. No rebatí lo imposible. Me limité a sentirlo. El terreno parecía un desierto sin horizonte, arena de papel bajo un cielo de papel iluminado por un sol de papel. 

   Caminé sobre los párrafos, sobre las páginas, entre las recetas que componían la mejor novela del mundo. Pensar. Podía pensar. Por tanto, podía también imaginar, evocar, añorar, desear. 

   Atravesé, como si fueran cordilleras o estepas, las recetas más complejas. Una vez me perdí en un bosque de sustantivos exóticos, con equis afiladas y ges dobles; otra, estuve a punto de torcerme el tobillo al tropezar con un adverbio interminable; más allá, la proliferación de elles en la elaboración del arroz me sugirió que atravesaba algún desfiladero bordeado de altas paredes negras. No necesitaba comer pero sí beber. Y podía hacerlo. En el libro, cada vez que aparecía escrita la palabra agua, cosa que ocurre muy a menudo en un recetario, manaba una fuente, un riachuelo, un pequeño estanque. Cada vez que bebía creía un poco más en la magia. 

   La muchacha debía de hallarse en alguna de las páginas del libro. No cabía duda. Tal vez, fantaseaba al detenerme a descansar sobre el lecho de papel, amparado por el ángulo de la primera te mayúscula que se cruzaba en mi camino, había encontrado por fin a su madre. ¿Por qué no iba a ser cierto que su madre estuviera ahí, esperándola?

   La naranja partida en dos era el sol que me guiaba. Me encomendaba a él cada amanecer, antes de continuar buscando a la muchacha entre los árboles de palabras. Caminaba y caminaba. Caminaba y me concentraba en seguir caminando.

Solo quien desea tiene fuerza para caminar. 

Podéis escuchar el relato por su autor:

 

 

 

 

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2 Comentarios

  1. Antonio Perrla
    16 mayo, 2020
    Responder

    «Solo quien desea tiene fuerza para caminar. » Qué final tan lleno de horizontes.
    Fantástico relato.

  2. Francisca
    17 mayo, 2020
    Responder

    Mientras leía tu relato tuve la sensación de aromas de cocina de infancia y,también,creí pasear por un bosque de letras.Al salir de él,imaginé nuevos horizontes.
    El texto transmite magia

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